Escrito por:
Carla
Raquel Flores Paredes y Paola Lourdes Siñani Cruz.
¿Qué es ser hombre? ¿Cómo se construye la masculinidad? Y ¿qué significa?
La virilidad no es estática ni atemporal, es
histórica; no es la manifestación de una esencia interior, es construida
socialmente; no sube a la conciencia desde nuestros componentes biológicos; es
creada en la cultura. La virilidad significa cosas diferentes en diferentes
épocas para diferentes personas. Kimmel (En Valdés y Olavarría, 1997: 23)
La expresión “crisis
de la masculinidad” ha sido empleada para referirse a las transformaciones
experimentadas por el hombre ante los cambios sociales ocurridos en las últimas
décadas. El espacio cultural de la masculinidad hegemónica ha estado en crisis
por lo menos desde finales del s. XVII, cuando se crea el estereotipo del
hombre moderno, porque lo masculino, como señala la profesora de la UB Angels
Carabí en “Nuevas Masculinidades “ (Icaria, 2000), "es aquello
que no es ni femenino, ni étnico, ni homosexual". Es decir, que ha
sido una definición realizada siempre en negativo porque de tener estos
atributos estaría asociado a categorías de inferioridad, define a la
masculinidad como un sentido neutro, es decir, ha sido el lado hegemónico, el
que no se cuestiona porque siempre ha estado presente y ha predominado en la
construcción de la sociedad.
Ya desde este momento,
la masculinidad se vale de la violencia y la dominación para imponer sus
valores, con el afán de ejercer el control sobre las "alteridades
subordinadas" que, por contraposición, le sirven para afirmarse. Así,
durante más de un siglo, la sociedad burguesa se dedica a imponer su
estereotipo del hombre cabal y moral, una estructura binaria (hombre-activo y
dominante /mujer - pasiva y sufriente) que no es un valor esencialista, sino culturalmente
construido que se verá amenazada a finales del s. XIX por el hedonismo y el
individualismo “la voluptuosa y osada inmoralidad" de los
homosexuales, un decadentismo al que se une, de nuevo, el movimiento Feminista,
particularmente con las sufragistas, quienes reivindicaban el derecho al voto
de las mujeres.
La primera mitad del
siglo XX, con sus dos grandes conflictos bélicos, sirven para reafirmar
los valores militares que lleva la
dominación hasta la irracionalidad, así, los conocidos disturbios de Stonewall,
a finales de los 60s[i],
marcan un punto de inflexión en la lucha homosexual, pero también la
resistencia de las mujeres a volver al espacio doméstico tras el regreso de los
soldados a casa, por tanto, se optó por no cuestionar los valores masculinos, buscando
solamente la reivindicación de las mujeres, todo ello se cristalizará a finales de los años 80 en
lo que se conoce como la tercera gran crisis de la masculinidad en el que
inicia el verdadero posicionamiento del debate de las masculinidades, en base a
un pensamiento destinado a comprender las femineidades, que luego se extrapolan
abriendo un espacio para las masculinidades, alejado de lo biológico, donde no
se hace énfasis en el aspecto fisiológico, sino, entiende que el cuerpo es un discurso,
y como este discurso, fija en el cuerpo un conjunto de significantes capturando
las masculinidades y feminidades.
Éste impone una
definición que no es homogénea y que se convierte en adaptable según el
contexto cultural. “La división de opiniones entre el feminismo es amplia y
así, por un lado, hay una línea mayoritaria que afirma que tanto la
masculinidad, como la feminidad son construcciones relativas, y su construcción
social sólo tiene sentido con referencia al otro” (Badinter; 1993: 25-26)
consolidando la idea de que el hombre “domina” sobre la mujer por una razón
histórica. En
la que además Bourdieu advierte que ser hombre es encontrarse en una posición de
poder, en cambio Kimmel, lo complementa definiendo que la virilidad hegemónica
se construye cuando el hombre maneja el poder, de esta forma se vincula a la
masculinidad con ser fuerte, confiado, exitoso; donde debe ser hombre, pero también parecer hombre.
Pero
¿Cuáles son las posibles explicaciones que dan
cuenta de la existencia de esta representación simbólica? El estudio inicia con
Sigmund Freud[ii],
quien al introducir la idea del inconsciente nos hace pensar que el cuerpo no
está constituido por leyes biológicas -o no exclusivamente- sino que el cuerpo
se explica por el discurso y como, los seres humanos, somos introducidos a
través del lenguaje, la experiencia traumática de la niñez al escuchar un NO,
-ese es el punto gravitante- y como esa experiencia está en la infraestructura
social, es ahí donde la masculinidad y femineidad se componen. No solo es que,
no puedes jugar con muñecas o con carritos, sino, que te posicionan con el
ejercicio de la palabra.
Cuando el
constructivismo habla que el cuerpo es un discurso, o en palabras de Butler “el
cuerpo es un género”, en ningún momento se olvida las especificidades
propias de un cuerpo fisiológico, no se trata de quitar el efecto práctico de
lo anatómico, sino que, su propósito es reflexionar como estas conductas
construidas dentro del discurso científico, el discurso pastoral, el discurso
jurídico han impuesto los límites de como explicamos nuestra corporalidad, de
tal forma, que se invierte la ecuación, no explicando la masculinidad a partir
de la testosterona, sino más bien, a través de un fenómeno social, de un
síntoma social que será explicado por el discurso[iii].
Connel entiende a la
masculinidad como una lógica y no como un enunciado, es
decir, que la masculinidad no puede ser explicada a partir de estereotipos[iv], al contrario, la
masculinidad es una lógica que implica un conjunto de elementos, es decir: el
sexo no es determinante, lo que es determinante son las relaciones de poder, específicamente, las posiciones de poder; las prácticas por las cuales
los hombres y las mujeres se comprometen con esa posición de género; y a los
efectos de esas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura.
¿Porque ha sido más
fácil odiar la posición femenina frente a la masculina? Porque la masculinidad
se ha centrado con mayor profundidad en los ejes de poder, porque lo femenino
al estar subordinado -en una visión androcéntrico como la que se presenta en el
occidente- hace que las fluctuaciones
sean más fáciles de representar, por decir: “no se nace mujer sino que, se hace
mujer”, en cambio, intentar que cualquier persona hable así de la masculinidad
es difícil, porque este se ha transformado en un centro de poder, en un capital
que concentra fuertemente las relaciones de poder, por eso ha habido mayor
resistencia a que el hombre pierda su estatus, debido a que “la hombría a
definido el orden de las cosas durante milenios”. El problema no es que las
mujeres suban, sino que lo masculino baje. Es entender que lo que está en juego
no son los enunciados clásicos del patriarcado, sino lo que observamos día a
día, siendo una producción de una lógica patriarcal, es cierto que los
enunciados han cambiado: las mujeres estudian, las mujeres ejercen el derecho
al voto, los derechos de los homosexuales son reconocidos, etc. sí es cierto…
hay cambios, pero no son necesariamente determinantes para que la lógica
patriarcal haya desaparecido, porque existe una forma de capital masculino,
donde algunos espacios se disputan más..
otros se difuminan.
Walter Riso, contrapone
la figura del antihéroe: aquel que no debe iniciar ninguna partida, el que no
tiene pruebas que pasar y que no debe volver triunfante a ningún sitio. Una
nueva masculinidad, nos propone Riso, que se sirva del antihéroe para romper el
mito y destrozar la “propia y asfixiante demanda fantástica de la tradición
patriarcal”.
La figura que pierde y
renuncia, no solo son sus “privilegios”, sino también sus esclavitudes
normativas, ¿es necesario un hombre heroico en tiempos de paz?
Hoy en día a los
hombres se les “programa”, como dice Grayson Perry, “para algo que ya no es
necesario que sean”. El concepto de hombre ha sido “empujado” a redefinirse
puesto que las mujeres han hecho lo propio con anterioridad. En palabras de
Elizabeth Badinter:
“Hasta hace poco, la mujer era el gran desconocido de la humanidad y nadie veía la necesidad de interrogarse sobre el hombre. La masculinidad parecía algo evidente: clara, natural y contraria a la feminidad. En las tres últimas décadas estas evidencias milenarias se han hecho añicos. Las mujeres en su voluntad de redefinirse, han obligado al hombre a hacer otro tanto”.
Los hombres están en el
inicio del cuestionamiento de la masculinidad tradicional, en la necesaria
dialéctica de hombres y mujeres comienza una nueva era donde lo que es femenino
y masculino ya no es un estereotipo, donde la masculinidad, como la feminidad,
se han transformado a lo largo de los siglos.
BIBLIOGRAFÍA
·
Àngels CARABÍ y Marta SEGARRA, Nuevas
masculinidades (eds.) Barcelona: Icaria,2000
·
Badinder, E. (1993): XY La identidad masculina.
Alianza Editorial, Madrid.
·
Bourdieu, P. (2000): La dominación masculina.
Anagrama, Barcelona.
·
Fonseca Hernández Carlos, Reflexionando sobre
la construcción de la masculinidad en el occidente desde una postura crítica.
·
Gutmann, Matthew C. “Traficando con hombres: la
antropología de la masculinidad”, 1999, en Horizontes antropológicos, núm. 10,
año 5, mayo, pp. 245-286 [Porto Alegre].
·
Hernández Sánchez Ernesto, Nuevas
Masculinidades.(reseña)
·
Kimmel, M. ([1987] 1996): Changing Men: New
Directions in the Study of Men and Masculinity. Newbury Park, Calif.: SAGE
Publications.
·
Otegui Rosario, La construcción social de las
masculinidades.
·
Rodríguez del Pino, Juan A. 2014 Hombres,
Masculinidad e Igualdad, Dialogando desde la academia y Militancia, 2014
·
Schongut Grollmus Nicolás, La construcción
social de la masculinidad: poder, hegemonia, y violencia
[i] uno de los eventos más trascendentales del movimiento de liberación
gay, lésbico y trans, sucedidos en la madrugada del 28 de junio de 1969 y que
duraron varios días
[ii] Freud supo rescatar el carácter determinante del sexo -fue uno de los
primeros desplazamientos del cuerpo- al decir que en el cuerpo no hay nada
fijo.
[iii] debe ser entendido como una unidad pragmática del todo, una práctica
social que otorga una fijeza pragmática.
[iv] Es necesario recordar que no hay que caer en el juego de explicar la
masculinidad, a partir, de un significante que sea propiamente masculino y que
más bien, cuando un cuerpo asume el capital masculino, lo que tenemos que ver
es el conjunto, la infraestructura cultural de la producción y la
representación de esas estructuras que lo constituyen y como el cuerpo captura
el capital masculino



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